A los cumpas: El Territorio.
Algunas cosas más podría apuntar de la etapa previa. La música que la acompañó, que mezclaba Quilapayún, Daniel Viglietti y canciones de la guerra civil española con el flaco Spinetta, Hendrix, Bill Frisell o Egberto Gismonti. La Orquesta Roja y Mala Praxis, las bandas que armamos en su momento. Los primeros intentos de reconstruir la historia familiar y particularmente la de mi tía Cris, tacleada por Astiz en el Abasto. Coherente, peronista, pueblo encarnado. La vuelta que fuimos a Ramos Mejía a charlar con la gente de una escuela tomada por el simple hecho de que habían colgado un trapo que juraba “Por un mundo donde quepan muchos mundos”. El grupo de lectura de “Las venas abiertas de América Latina” y tal vez algo más. Supongo que tendré que ir revisando todo y hacerlo más leíble. Borbotones de memoria pueden no ser lo más ameno. Pido disculpas por las idas y venidas, entonces. Ya habrá tiempo para poner en claro. Hasta aquí la Prehistoria. La primer prehistoria.

Fue en la Plaza de Mayo, en una marcha aniversario del golpe en las que todavía no eramos tantos. 1998, tal vez. Lo conocía a Juan de la escuela y habíamos tenido un par de charlas sueltas: lo marcianos que eran los partidos de izquierda, la necesidad de una nueva forma de hacer política, de base, con formas de democracia directa que rompan la representación como esquema de poder. El estuvo también en el Comité Zapatista, antes que yo, pero no nos cruzamos nunca, por desencuentros que no vale la pena explicar. Juan estaba trabajando en Las Tunas, un barrio humilde de Pacheco, Tigre. Me invitó a participar y al poco tiempo estaba inmerso en el barrio, en una experiencia territorial que fue absolutamente enriquecedora.
En el Centro Cultural se hacían diversas actividades. Apoyo escolar y merendero, necesariamente. Talleres varios, de malabares, de teatro, música. Construcción del Centro o ayuda en el mismo sentido en casa de vecinos, con la Columna de Trabajo. Articulación con otras organizaciones del barrio para temas específicos como el día del niño o la regularización de la tierra. Reuniones para arreglar más reuniones donde charlar qué hacer para las siguientes reuniones, con organizaciones de fuera del barrio que entendíamos fraternas.
En Las Tunas aprendí a levantar paredes, hacer un pastón, un contrapiso, un revoque. Cosas que finalmente parecían casi obras de Hundertwasser. También ahí surgieron mis primeras herramientas de militancia barrial. Me formé en Educación Popular. Coordiné asambleas. Morfé, bebí y dormí en casas de compañeros que no tenían nada y te ofrecían todo. También, por supuesto, de muchos que tenían mucho y también daban todo.

Las discusiones, que en las próximas entradas iré comentando de forma más detallada, pasaban básicamente por lo territorial y lo local. El trasfondo político estaba, pero se restringía a un proceso de construcción de subjetividad diferente, que a largo plazo genere las condiciones para el cambio social. Embriones de futuro. Era posiblemente ingenua la concepción. Nuevamente, como en el comité zapatista, los compañeros que participabamos no pasabamos los 25 años. En mi caso, como el de muchos más, no llegabamos ni siquiera a los 20. No se puede tener una lectura sesgada de esta fase de la historia teniendo en cuenta el país que vivíamos, la falta de experiencia generalizada, la voluntad que había. Posiblemente eramos inmaduros, inconcientes, con deficiencias de todo tipo, sin encuadramiento, sin “cuadros” siquiera. Pero estabamos haciendo mucho. Como demasiados, esparcidos en todo el país. Sin saberlo.
Septiembre 19, 2007 a las 4:46 pm
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Octubre 6, 2007 a las 4:12 pm
[...] música divina. No sabía cómo, pero estaba escuchándola de vuelta, ahora en castellano, acá, en Las Tunas. El taller de la mañana hizo una coreografía a base de la obra, que presentamos en el centro de [...]