Sobre la oligarquía.

By Matias Lennie

Una de las mayores dificultades que tuvo el Gobierno para enfrentar el conflicto con los sectores rurales que se movilizaron contra las retenciones a las exportaciones surgió del empleo de lo que, con Ulrich Beck, me gusta definir como categorías zombies, imágenes, ideas y conceptos que pudieron ser útiles para entender las sociedades y sus actores en otros momentos históricos, pero que hoy ocultan más que lo que aclaran y, lo que es peor, conducen a la adopción de discursos y prácticas ineficaces para operar en el cambio progresista de la realidad. El error tiene, sin embargo, sus explicaciones. Las mutaciones de época no siempre son fáciles de percibir por los actores políticos ni, tampoco, por quienes piensan sobre ellos. A los primeros, la eficacia de las grillas de comprensión de los hechos del pasado les puede parecer que, como los vinos, cuanto más añejos mejores son. Para los segundos, el trabajo de adoptar nuevos paradigmas se hace difícil por la resistencia misma que oponen las ideas establecidas y quienes se benefician con su permanencia. Pocas veces como en estos prolongados idus de marzo, el costo de las ideas viejas habrá sido tan alto para todos. Las preguntas sobre lo nuevo se hacen más fácilmente cuando aparecen las crisis políticas cuya observación invita a cuestionar certezas. Las crisis, como los terremotos, introducen verdaderas fisuras que revelan las estructuras y capas geológicas que antes no se veían, por falta de aparatos técnicos para la indagación o por la voluntaria decisión de no escarbar en terrenos supuestamente conocidos. Con cuatro meses de movimientos sísmicos podemos hacer hoy un balance provisorio, y lo que nos interesa considerar son los efectos negativos de las categorías zombies que enturbiaron los razonamientos y las acciones de quienes se enfrentaron con las reivindicaciones agraristas. En el fragor de la crisis, los peronistas parecieron creer que luchaban contra la oligarquía de otras épocas. Las transformaciones de los actores del mundo rural, así como la naturaleza de sus continuidades, fueron, prácticamente, ignoradas como si el tiempo se hubiese detenido a mediados de los años ‘40. El beneficio del error podía encontrarse en la ilusión: si el enemigo era la oligarquía entonces los peronistas eran el peronismo. Así, como una pesadilla que se disipaba por ese acto de enunciación, debían desaparecer los tiempos aciagos en que los hombres de sus filas habían privatizado las empresas estatales, se subordinaron a los dictados del capital financiero internacional e hicieron añicos lo que quedaba de justicia social.

Las categorías zombie llevaron a los peronistas a ignorar las debilidades políticas propias y, además, invitaron a los ricos del campo a inflarse creyéndose herederos del poderoso actor político y económico de comienzos del siglo XX. Eso suponía ignorar que al llegar los años ‘40, eran pocos los “oligarcas” capaces de sacrificarse por el honor social y apenas conservaban las apariencias de un estrato aristocratizante, por eso sus integrantes no hicieron mayores muestras de resistencia cuando el Estado fuerte les quitó ingresos vía el IAPI y la Sociedad Rural Argentina dio oficialmente su adhesión pública a la reelección de Perón en 1952 y se incorporó a la CGE peronista. Los actores más ricos del agro actual son hombres de negocios, que mal podrían paralizarse ante los aparatos estatales desacreditados desde hace mucho tiempo ante la opinión pública, no tienen inhibiciones para hacer alianzas hacia abajo, y se confunden con las clases medias sin hacer mayores gestos de riqueza ociosa.

Los que cortaban rutas no eran los grandes ricos del agro, sino los pequeños y medianos productores que sentían el riesgo de perder ingresos o las posibilidades de mantenerlos a costa de tener que abandonar sus comunidades en las que conservaban sus modos de vida. A todos los había alcanzado la actual etapa de la modernidad: la globalización los amenazaba, pero sabían nombrar sus derechos con palabras que nada tenían en común con los irritantes discursos reaccionarios; 25 años de democracia no habían pasado en vano. Es más, la Federación Agraria Argentina es, probablemente, una de las entidades del mundo político corporativo nacional que mejor puede exhibir una historia democrática. En fin, como si viviésemos en una realidad anterior a la TV, las seguras imágenes de gente de aspecto y habla popular, no fueron tenidas en cuenta por quienes enfrentaban el reclamo agrario.

Hay muchos modos distintos de narrar lo que sucedió en los últimos cuatro meses. La peor contribución que se puede hacer al presente y al futuro de las visiones progresistas puede ser construir un relato que insista en afirmar que la “oligarquía” venció al “pueblo” en una lucha por la distribución de los ingresos. Esa sería una construcción ideológica negativa para los intereses de los sectores populares y para el indispensable proceso de afianzar la democracia en nombre del mejor patriotismo de esta etapa de la modernidad: el patriotismo de la Constitución. Por eso, el funcionamiento de la división de poderes y de los debates parlamentarios se puede pensar como un aporte a la edificación de un país institucionalmente normal.

Ricardo Sidicaro, en Página/12.

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